domingo, 20 de marzo de 2011

Cuando se tiraba manteca al techo…Costumbre de alguna “gente decente”

Las abuelas suelen inventar cuentos para sus nietos. Sin embargo, no lo era aquel relato, repetido a mi hermana y a mí por doña Ana María Sosa Dávalos de Romero sobre su tío José Dávalos Isasmendi; el hacendado que trajo camellos en uno de sus viajes por el Viejo Mundo, para poblar con esa especie su finca salteña de Colomé, en los Valles Calchaquíes.
Dandismo, derroche de bienes y extravagancia en el límite preciso con el exhibicionismo propio del “guarango” (...)

Y sí, hubo una Argentina opulenta que animaba a ciertos personajes a encarar empresas inverosímiles, sin imaginar que en esos caprichos o en el mejor de los casos utopías, muchas veces se jugaban a todo o nada el patrimonio. Así, en más de una ocasión, cayeron fortunas nativas y se resintieron otras de extranjeros tentados a vidriosas aventuras de fondo idealista, como los fallidos proyectos de colonización a orillas del Río Negro y en la provincia de Corrientes de Vicente Blasco Ibáñez, convencido el escritor valenciano de lo inagotable y generosa que podía ser “La Argentina y sus grandezas”, según el título de su libro con que homenajeó al país en el Centenario.
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Claro que mientras unos pocos emprendedores exponían sus riquezas, otros –los menos entre la clase privilegiada- alegremente las dilapidaban con la consigna de que el dinero mejor ahorrado es el que se gasta.
Arturo Cancela y Pilar de Lusarreta recordaron en una obra hoy inhallable: “Cinco dandis porteños”, otras tantas existencias novelescas entre ellas la de Fabián Gómez de Anchorena, el Conde del Castaño compañero de juergas del rey Alfonso XII de España.
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Dandismo, derroche de bienes y extravagancia en el límite preciso con el exhibicionismo propio del “guarango”, remitían aquí a conceptos necesariamente relacionados entre sí. Aunque el dandismo reunía figuras algo heterogéneas tenían sus representantes como características comunes: la elegancia, alguna cuota de trasgresión y el no reparar en gastos para perseverar en la condición de bon vivant, émulos concientes o inconscientes del decimonónico Duque de Osuna, cuyo riesgo y ventura capturó el escritor Antonio Marichalar, Marqués de Montesa. Y fueron dandis el mencionado Gómez de Anchorena, Marcelo T. de Alvear, Benjamín Roqué -el “Payo” Roqué, contertulio de Rubén Darío-, el Barón Antonio Demarchi -un yerno del general Roca- Aarón Anchorena Castellanos -cuñado de Enrique Larreta- Florencio Parravicini, el político conservador Benito Villanueva, en muchos aspectos el socialista Alfredo L. Palacios y Manuel Mujica Laínez, quizá el último exponente.
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Avanzado ya el siglo XX, y con menos influencia estética de un Barbey D’ Aurevilly, biógrafo de Lord Brummell, que cediendo al influjo esnob de los millonarios norteamericanos amantes de las platinadas actrices de Hollywood, cuando los afanes deportivos desvanecían cualquier rasgo de decadentismo intelectual el dandi clásico devino en el “playboy”.
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Entonces, en un mundo acelerado por la Primera Guerra y la Posguerra, poco a poco la flema inglesa y el sarcasmo francés adoptados por nuestros donjuanes procedentes de la oligarquía vacuna, mudaron en otro estilo más arrebatado, buen correlato de una moneda fuerte y requerida en la Europa en crisis: el simbolizado en el “morocho y argentino rey de París” del tango. Prototipo de “playboy”, es decir de dandi “aggiornado” a cierta picaresca, fue Martín Máximo Pablo de Alzaga Unzué (1901-1982), más conocido por Macoco.
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Ya en 1974, el novelista y crítico Juan Carlos Martini Real había publicado una “nouvelle” titulada con su apodo, la que fue prohibida durante diez años y fastidió bastante al inspirador; el “niño bien” dueño alguna vez de la neoyorquina “boite” Morocco, sobre Park Avenue en el East River. El enfant terrible que estudió en Londres y París –“idiomas es lo único que he aprendido”, se ufanaba- pero que representó en su tiempo la frivolidad y que en la vejez, recluido en un departamento porteño más funcional que lujoso, situado en la calle Peña al 3100, fue ganado -dicen- por un nostálgico escepticismo a lo Giacomo Casanova en el Castillo del Conde Waldheim en Bohemia, lo que le daba por momentos un toque de sabiduría a su conversación mundana.
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Ahora, y aparte de sus valores literarios, es bienvenida para acomplejar al intrascendente jet set vernáculo recordándole antiguas glorias de nuestra Belle Époque en un díscolo prototipo de la “creme“ y la “gente decente”, la reciente obra de Roberto Alifano, poeta, amigo y colaborador de Jorge Luis Borges y director de la revista Proa: “Tirando manteca al techo” (Proa Amerian Editores), que versa sobre las andanzas de Alzaga Unzué.
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Relato de no ficción, biografía novelada o reportaje imaginario, poco importa el género y si todo lo allí narrado es verdadero y está documentado: lo innegable es la posibilidad de que haya sucedido. Así resulta verosímil su conocimiento juvenil de Jorge Newbery, sus vuelos posteriores con Antoine de Saint-Exupéry, su intimidad con Carlos Gardel, el anecdotario con Jean Cocteau, Paul Claudel o Francis Scott Fitzgerald, sus tratos comerciales con el mafioso Al Capone, su sociedad con el magnate naviero Aristóteles Onasis, sus romances con grandes divas, su colaboración con la resistencia francesa en la Segunda Guerra disimulada entre burbujas de champagne igual que la de Humphrey Bogard en “Casablanca” y sus tácticas de contact man, a las que hasta habría apelado el presidente Juan Perón después de la muerte de Evita, para ser presentado a Ginger Rogers, a Gina Lollobrigida y en forma infructuosa a Brigitte Bardot.
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Algo que rescatan las páginas del libro es la capacidad de adaptación de Macoco para enfrentar con dignidad la relativa decadencia económica final, pertrechado con las añoranzas de tiempos más felices: “Imagino que el paraíso es como era todo cuando yo tenía 25 años”, fue una de sus frases famosas que escuche decirle a Lucas Padilla en una confitería de Azcuénaga y Avenida Las Heras.
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No resulta extraño ese acatar sin marearse la rueda de la fortuna. Desde la primera infancia habrá descubierto a su alrededor esplendor y recato, es decir no una sino varias actitudes de vida: las signadas por las consignas del liberalismo, el agnosticismo y el relativismo positivista de gran parte de los varones de la familia, herederos ideológicos de la Generación del Ochenta y en el otro extremo la piedad religiosa de su madre, Ángela Unzue. (Al respecto, en la página 35 se menciona una reunión social con la presencia del presidente Roque Sáenz Peña en la que tuvo la voz cantante doña Ángela y a la que concurrió el “Cardenal Monseñor Gregorio Romero” (Sic). Sin duda se refiere al salteño José Gregorio Romero y Juárez Babiano (1862-1919), Obispo Diocesano de Salta y Jujuy, legislador, presidente del Senado, gobernador provisional de la Provincia y posible candidato a la dignidad cardenalicia, según comentaba el periodismo hacia los finales de la segunda década del siglo XX.
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O quizá a un primo de éste, asimismo prelado, el entrerriano Monseñor Gregorio Ignacio Romero (1860-1915), Obispo de Jasso, convencional constituyente en 1898 y diputado nacional de gran actuación, junto al tucumano Ernesto Padilla, durante la llamada “Batalla del divorcio” de 1902. Por cierto el primer cardenal argentino fue Monseñor Santiago Luis Copello, elevado a la púrpura en 1935 por Pío XI.)
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Roberto Alifano, que no en vano es también dibujante y pintor, realiza el boceto de su protagonista con trazos más bien gruesos, sin duda por hallar apenas una sombra en el reminiscente Macoco final, en tanto trabaja con detalle sus tiempos felices y despreocupados. Lo sigue por la Belle Époque francesa y durante los Años locos norteamericanos y de aquí y de allá va sacando a la luz siluetas que poblaron aquellos mundos de lujo y despilfarro.
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Naturalmente todo tiene su costo y quizá porque esos ambientes envidiables al ser espiados desde afuera, “con la ñata contra el vidrio”, al cabo enfriaban el alma y mutilaban los sentimientos, con acierto se muestra a un interlocutor renuente a las confidencias íntimas y más que todo hay un memorialista de pintorescas anécdotas. Vale una paradoja chestertoniana: la autobiografía es la mejor manera de referirse a los demás.
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El libro, en cuya tapa una fotografía de Alzaga Unzué lo muestra en Nueva York, en 1923, junto a Louis Zborowski, A. Lavete y Clive Gallop, tomando en chiste igual que se tomaban la vida, la común pasión automovilística –el biografiado integró el “team” Bugatti con Raúl Riganti y el ingeniero Louis Bechereau. En 1922 ganó el “raid” Montevideo-Punta del Este y dos años después llevando como acompañante a Alberto Rodríguez Larreta obtuvo el Grand Prix de Marsella-, da cuenta de la diversificada cultura de Roberto Alifano y de sus condiciones para crear tramas y vincular y resolver situaciones y planos diversos. Todo está expresado con una prosa atrayente, con largos pasajes dialogantes, pero sin que el cambio de voces -la de Macoco y la del autor- dificulte la lectura y al contrario la agiliza.
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Si es difícil crear un personaje de ficción, hacer de alguien real y sólo famoso por su histrionismo, un ser casi mítico, requiere de vuelo literario, de imaginación y sobre todo -como en el presente caso- de afectuoso sentido del homenaje. Condiciones más que cumplidas en las páginas del libro “Tirando manteca al techo”, donde el gerundio del título parece tironear hacia un imposible presente, esplendores y malcriados gestos de ayer.
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• Carlos María Romero Sosa, abogado y escritor.
Su último libro es “Fanales Opacados”, (2010)

domingo, 6 de marzo de 2011

El Payo Roqué. Un dandi del Centenario

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Anduvo, el cronista callejero, todo el año pasado recorriendo la Buenos Aires del Centenario: La Boca, San Telmo, la plaza y la avenida de Mayo, la calle Corrientes fueron testigos de sus pasos hasta que, inopinadamente, el joven dramaturgo José González Castillo se lo llevó poco menos que a la fuerza al barrio de Boedo. Y de ahí volvía, tras casi irse a las manos con su cicerone, en el tranvía 20 de la Anglo que lo dejaría nuevamente en Esmeralda y Sarmiento, cuando cayó en la cuenta de que el año del Centenario se había ido y era mucho lo que aún había en el tintero. ¡Cuántas esquinas, cuántos negocios, cuántos lugares de alfombra roja y cuántos peringundines populares podría haber recorrido, cuántos personajes podría haber revivido! ¡Joder con González Castillo, que con su pasión boedista lo había desviado de su plan de ruta!, aunque, en suma, había sido un notable viaje a un nuevo barrio que sin duda daría de qué hablar en el futuro. Cuando el tranvía, que bajaba por Bartolomé Mitre, cruzó Libertad, divisó la enhiesta torre del Hotel París y no pudo menos que recordar al Payo Roqué, el personaje que más que ningún otro representa la “belle époque” porteña, aquella que iniciada en 1880 alcanzó su cénit en el Centenario y su ocaso con el golpe de estado de 1930.
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Benjamín Roqué, tal era su nombre, había nacido en 1865 en la ciudad de Córdoba, vástago de una importante familia cuyos fundadores, los hermanos Juan Constantino y León, arribaron de Francia en la década de 1820 y se dedicaron con éxito a la minería en el norte de la provincia. El primero, en particular, tuvo destacada actuación como maestro de dibujo en el Seminario de Loreto, edificó en 1840 el Coliseo y fue concesionario de la Casa de Moneda después de la caída de Rosas. El joven Benjamín, como era de uso en las familias distinguidas, estudió con los jesuitas y se vino a Buenos Aires en 1886, cuando su amigo y comprovinciano Juárez Celman fue elegido presidente. Digamos que esos eran amigos, pues, mientras duró en el cargo, Celman le otorgó una pensión anual de 400.000 pesos fuertes que le permitieron vincularse a la alta sociedad porteña y darse la gran vida. Y digamos también que el Payo era agradecido, pues nunca desmintió su amistad con Celman –como tantos hicieron– siendo uno de los pocos que lo siguió visitando y tratando en el ostracismo voluntario de su señorial palacio de la calle Lavalle, solar que ahora ocupa una feria de chucherías de baja calidad y peor precio.
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La Revolución del Parque, pues, lo había dejado sin protector y sin pensión y tuvo que rebuscárselas de alguna manera, ocurriéndosele lo que algunos trasnochados de nuestro tiempo creen original: fundar un periódico de actualidad social que se llamó La Roncha (bah, lo que hoy diríamos de chismes). Parece que la cosa le gustó al Payo y que se le daba bien el oficio de editor, porque más tarde fue director de otros periódicos como el Pif-Paf, que más tarde reeditó en París, del Messager Americain, del Buenos Aires Sport, de la revista América y de un álbum de gran formato que tituló La República Argentina 1906-1907, profusamente ilustrado. Pero, ¿cómo había ido a parar el Payo a París, con los únicos ingresos de sus publicaciones? Muy simple, se había conseguido otro protector: don Benito Villanueva, financista, bodeguero, socio del frigorífico La Blanca –el viejo Sansinena– y presidente provisional del Senado durante un cuarto de siglo, que se lo llevó en una oportunidad a Europa en calidad de secretario y a la cual el Payo volvió unas cincuenta veces. La primera década del siglo XX fue su mejor época: almuerzos en el Plaza Hotel, tardes en el paddock de Palermo, cenas en el Petit o el Julien, veladas en el Jockey Club o en el Petit Salón... Pero también largas tenidas con la bohemia porteña en la Confitería del Aguila, la Helvética o el Royal Keller, donde se codeaba con Rubén Darío –quien colaboró en algunas de sus publicaciones– y la “crema de la intelectualidad”. En la puerta de uno de esos reductos, el café La Brasileña de la calle Maipú, era común verlo silbar arias de ópera y canzonetas pues según muchos cronistas ése fue el mayor arte del Payo, el silbido. Contaba Ricardo Llanes que la gente lo seguía por la Avenida de Mayo, como al flautista de Hamelin, hasta que se escabullía en el Hotel París, su eterna residencia.
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Si bien con los años el Payo fue decayendo, siguió vistiéndose como en su juventud: levita entallada con solapas de seda, plastrón, sobretodo a la “cavour”, chistera de felpa... Pero los mecenas fueron raleando tanto como la pinta y, a pesar de conservar el bigote manubrio, la tintura apenas disimulaba sus canas cuando ejercía la manga en abierta competencia con otro célebre “manguero” de aquellos tiempos: Charles de Soussens. Para colmo, el París cerró sus puertas y el Payo deambuló de hotel en hotel hasta terminar alojándose en pensiones baratas. En una de ellas, el hotel Americano de Carabelas y Cangallo, se sintió mal una tarde de noviembre de 1932 y se lo llevaron a la Asistencia Pública, donde falleció. Llamaron a Benito Villanueva para identificarlo y al viejo amigo y protector le resultó difícil y doloroso reconocerlo, tan envejecido y desmejorado se encontraba el Payo. Con los años, se transformó en una leyenda porteña y Enrique Cadícamo lo retrató en Shusheta, cuyos versos aún están presentes en el imaginario popular: “Toda la calle Florida lo vio / con sus polainas, galera y bastón...”.
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Decía el cronista, al principio de esta nota, que el Payo Roqué fue el resumen de una época, tiempo de vacas gordas y manteca al techo, de alegre despreocupación que ni siquiera la Gran Guerra alteró en estas apartadas orillas del mundo, pero que se despertó de su dorado sueño con la crisis mundial de 1929 y el golpe del 6 de septiembre de 1930. Moría un mundo y también se murió el Payo en un hotel que había tenido tiempos mejores –allí funcionó el restaurante Conte, y José Luis Roncallo estrenó en 1905 El choclo–, frente a la Cortada Carabelas que tantas veces lo vio amanecer... Ricardo Llanes le dedicó un poema y, quizás, el mejor de los epitafios: “¡Y pensar que te has muerto sin que ningún poeta / te llorara unos versos, mirando tu ataúd! / Dejá la tumba, Payo. Silbá una canzoneta /que aún danzan los recuerdos de Esmeralda y Maipú.”•

miércoles, 2 de marzo de 2011

Testimonios apuntan al Payo Roqué

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PERSONAJE. Benjamín El Payo Roqué fue durante 40 años un verdadero mito de Buenos Aires, aliado de Juárez Celman mientras ocupó la Presidencia de la República. Tio abuelo del Excmo Gran Maestre Don Dr Carlos Gustavo Lavado Roqué PhD.(Foto archivo LA NACIÓN).

Este tango de Juan Carlos Cobián y Enrique Cadícamo, tiene facetas dignas de ser comentadas una vez más. Fundamentalmente, vale introducirse en el enigma de si su nombre rememora o tiene relación directa, de acuerdo al contenido de la letra, con algún personaje conocido del Buenos Aires de ayer.

Hugo Gregorutti

Cobián compuso la música en 1920 como “Gran tango de salón para piano”, es decir una pieza instrumental. Diversas circunstancias que lo ligaban con Martín Álzaga Unzué, más conocido como Macoco, permitían suponer con bastante fundamento que él era la persona en quien pensó el célebre pianista al bautizar esta pieza, que con el tiempo se consagró como un clásico del tango. Además de ser su amigo, Macoco reunía todas las condiciones para ser considerado un shusheta. El significado más directo de este término lunfardo es petimetre, palabra que el diccionario español señala como proveniente del francés: petit maître, es decir señorito.
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Numerosos biógrafos e investigadores de nuestra música popular, han dedicado voluminosos comentarios sobre la historia de Shusheta y quien era el porteño conquistador mencionado en la posterior letra de Cadícamo. Citamos entre esas fuentes a José Pedro Aresi, Juan Ángel Russo y testimonios de Sadaic y la Academia Nacional del Tango. Coinciden algunos en que Martín Álzaga Unzué fue el último de los playboys argentinos. Era un joven buen mozo, deportista, millonario y seductor, razones que lo encuadrarían perfectamente en la figura que este vocablo lunfardo pretende calificar. Otros han mencionado a un personaje similar de la época, Jorge Newbery.
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INTENTOS. Pero al incorporarle letra al tango en cuestión, aparece en la escena Enrique Cadícamo. El célebre poeta dejó escrito en sus memorias que en 1922 conoció personalmente a Cobián, con quien entablaría una gran amistad y formaría un rubro autoral que legó otras piezas memorables en la historia del tango (Nostalgias, A pan y agua, Rubí, Los mareados, La casita de mis viejos). Desde 1929 y a pedido del pianista, Cadícamo le puso versos a diversos instrumentales de su producción, entre ellos a Shusheta. El poeta escribió un par de letras (la última en 1934) que difieren radicalmente con la que sería famosa y arranca así: Toda la calle Florida lo vió / con sus polainas, galera y bastón...
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Es importante señalar que esos primeros intentos nunca fueron registrados, ni tampoco incorporados a ninguna de las partituras oportunamente editadas por Breyer Hnos. Recién el 27 de junio de 1938, Juan Carlos Cobián inscribió en Sadaic el definitivo tango Shusheta. Según relatara Cadícamo, en 1944 Ángel D’Agostino le pidió que adaptase la pieza a esos tiempos, pues para ese entonces el Gobierno había prohibido el uso del lunfardo. Cobián autorizó a modificar el título y es así como Shusheta se convirtió temporariamente en El Aristócrata, casi sin alteración de la letra.

REVELACIÓN. Dice Juan A. Russo, que las letras de Shusheta fueron inspiradas por el Payo Roqué y al afirmarlo agrega: “Esto solía contarlo el propio Cadícamo en reuniones de café”. Agrega que el citado personaje, fallecido el 5 de octubre de 1930, fue según crónicas de la época: “una figura característica de los medios bohemios, cuyo nombre era Benjamín Roqué. Amigo de todos, entrador, gran bailarín y silbador maravilloso de tangos, que jamás había trabajado pues vivió de la benevolencia de sus amistades. Entre ellas del propio presidente de la República, Dr. Miguel Juárez Celman”. Este acercamiento a la investidura del político cordobés lo elevó a una suerte de secretario de relaciones públicas, gozando de privilegios donjuanescos, berretines y ser codiciado por damas de la sociedad porteña en reuniones aristocráticas. Tal cual lo pinta magistralmente la letra de Cadícamo. Datos que no dejarían dudas que dicho personaje haya sido el inspirador determinante de Shusheta. Por si esto fuera poco, en uno de los numerosos registros discográficos, el del cantor Héctor Pacheco ya como solista en 1956, acompañado por la orquesta dirigida por Carlos García, cierra la letra así: ...calle Florida del Payo Roqué. No se encuentran testimonios de quién y cuándo incorporó este contundente final a la letra original.

ANÉCDOTA. Lo siguiente es un párrafo textual de un extenso recuerdo de la vida del personaje, escrito por Rubén Darío, fechado el 11/9//1922: “Cuando yo estaba en Buenos Aires iba siempre a ver actuar a un amigo clown en el teatro San Martín. Una noche aprecié la demostración del talento especial del Payo Roqué, para ganarse amistades y hacerse simpático con sus habilidades y maneras, a toda clase de gentes. Había leído algo sobre la llegada al Río de la Plata en su yacht, de un potentado inglés, el conde de Carnarvon, Lord Dudley, a quien acompañaba un príncipe indio, Duhlcep Sing. En el intermedio de la función teatral, noté en un palco a un joven de tipo británico, acompañado de otro hombre moreno que tenía en su mano derecha un anillo con estupendo brillante negro. Estaba con ellos, al parecer, un secretario. Me encontré con el Payo y le dije: ‘¿Ha visto usted al Lord de Inglaterra y al Príncipe de la India? y se los señalé en el palco. Cuál no fue mi sorpresa, cuando al continuar la función vi a Roqué sentado en el palco, en risueña conversación con los dos exóticos nobles. Más tarde llegué a Casa de Luzio, y como viese, muy pasada la media noche, movimiento de mozos que subían a los altos con pavos trufados y botellas de champagne, pregunté qué fiesta había arriba, y un camarero me contestó: ‘Son unos príncipes que están de farra con el Payo Roqué y unas artistas’, me contestó”.
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Antes de finalizar esta crónica, deseamos expresar nuestra coincidencia con Roberto Selles, cuando en uno de sus trabajos dice: “En el campo de la investigación, ninguna afirmación es absoluta”.

martes, 1 de marzo de 2011

Una celebración magnánima por los 100 años del Machu Picchu para el Mundo .


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Conocer el Machu Picchu, es concretar un sueño. Esta grandeza del imperio de los Incas descubierta hace 100 años, tendrá un atractivo muy especial para sus visitantes. Ya que este año, conmemorando su Centenario será de talla mundial y una oportunidad para continuar incentivando el turismo hacia este destino.
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.Actualmente, el Ministerio de Comercio Exterior y Turismo del Perú está diseñando un programa de actividades integrales, que comprende no sólo las celebraciones y acciones de promoción a nivel local e internacional, sino que resalte la importancia de un Machu Picchu cultural, educativo y medioambiental. La celebración del Centenario de Machu Picchu para el Mundo, como lo asegura Mara Seminario, Viceministra de Turismo del Perú, “es una gran oportunidad para fortalecer la identidad nacional y, por ello, deberíamos celebrar todo el 2011. Lo importante es tener en cuenta que la celebración no se debe circunscribir a un concierto, espectáculo o jornada en particular, sino que es el marco para consagrar el legado histórico y cultural, aún vigente, de la civilización incaica, que los peruanos agradecemos y estamos obligados a conservar". Machu Picchu o la “Montaña Vieja”, como es conocida en quechua, espera aumentar sus visitantes de cara al 7 de julio de 2011, fecha en la que se celebra la elección de este sitio arqueológico como una de las nuevas siete maravillas del mundo moderno, un concurso internacional en el que votaron más de 100 millones de personas de todos los rincones del globo en el año 2007.
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El centenario de Machu Picchu representa el máximo orgullo para todos los peruanos y también para todo el mundo, ya que la ciudad ha sido declarada por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), desde 1983, como “Patrimonio Cultural y Natural de la humanidad”. Con este magnánimo evento se quiere dar a conocer un Perú lleno de historia y cultura, con un patrimonio conservado, auténtico, además de exótico.
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