domingo, 27 de noviembre de 2011

Vizconde de Lascano Tegui. Escritor, periodista y artista plástico argentino


Emilio Lascano Tegui. Escritor, periodista y artista plástico argentino (Concepción del Uruguay, 1887 - Buenos Aires, 1966). Vizconde de Lascano Tegui. Después de viajar a pie por África y Europa, publica en Buenos Aires (con pie de imprenta apócrifo) su primer libro de poemas, La sombra de la empusa (1910), que escandaliza a los círculos literarios y es reconocido por sus contemporáneos como el iniciador local de la nueva sensibilidad. Leopoldo Lugones tilda el libro de "abracadabrante". Fue traductor en la Oficina Internacional de Correos (Bs. As.), dentista y pintor en París durante la Primera Guerra Mundial -ciudad en la que será uno de los miembros prominentes de la vanguardia artística de Montparnasse y donde expone en muestras colectivas sus cuadros junto a los de Maurice Utrillo, Raoul Duffy, Amedeo Modigliani, entre otros-, vendedor ambulante, diplomático, pintor muralista en Venezuela y exquisito maestro del arte culinario (entre sus comensales habituales durante el período de bohemia en París se encontraba Pablo Picasso). En 1934 fundó en Boulogne-sur-Mer el museo Casa Histórica de San Martín. Publicó ensayos, novelas, cuentos, poemas y miles de artículos periodísticos en diarios y revistas de Europa y América (L'Action Française, Paris-Montparnasse, La Nación, Crítica, Caras y Caretas, La Fronda, Plus Ultra, Patoruzú, Martín Fierro, El Mundo, El Universal de Caracas, etc.). Su obra maestra, la novela De la elegancia mientras se duerme (1925), ha sido reeditada en Buenos Aires y Madrid, y publicada en los últimos años en diversos idiomas (francés, alemán, holandés, inglés).

Trabajo

La ubicación marginal a que ha sido relegada la obra de Emilio Lascano Tegui en el sistema literario argentino se sostiene, a pesar de la distancia temporal y la especialización de la crítica, en el mismo gesto de asombro ante lo inaprensible con que los contemporáneos acudieron sorprendidos a sus libros. Difíciles de clasificar, extraños por el desenfado con que subvierten el uso de los géneros establecidos y la mezcla cosmopolita que los caracteriza, la contribución de sus mejores textos a la modernización literaria del ámbito local solo puede ser apreciada en relación con los debates y producciones de la época y la influencia ejercida por ellos en escritores luego más ampliamente difundidos. Aunque Lascano Tegui nació en mayo de 1887 en Concepción del Uruguay, provincia de Entre Ríos, sus años de infancia transcurrieron en el porteño barrio de San Telmo. Curiosamente, su primer vínculo con la cultura literaria está asociado a la política: el radical Juan José Frugoni lo inició en los misterios de la métrica del verso, enseñándole a medir las sílabas en un almacén de las calles San Luis y Azcuénaga. Ya poco después, mientras se desempeñaba como orador del partido entre 1905 y 1907, Lascano componía sus discursos públicos en octosílabos rimados, una asociación inédita que movería a risa a sus ocasionales oyentes en la plaza Lavalle o ante el monumento a los caídos de la Revolución del 90. Fue, sin embargo, durante un viaje por África y Europa en compañía de Fernán Félix de Amador emprendido en 1908 que Lascano afirma su vocación poética, mientras descubre su afición incansable por el perpetuo movimiento del viajero. Durante el extenso periplo decide modificar su apellido de origen vasco, transformándolo en uno doble y, hacia 1909, le antepone el apócrifo título de Vizconde con que firmará su primer libro después del regreso a la Argentina: La sombra de la Empusa, publicado en mayo de 1910, inquietó a los círculos literarios y sembró el escándalo en un ambiente todavía algo cansino que, un año antes, era aún esquivo a las metáforas extrañas del Lunario sentimental de Leopoldo Lugones. Impreso en Buenos Aires con un pie de imprenta falso de París, La sombra de la Empusa hizo olvidar rápidamente la pálida recepción del Lunario y desplazó el sarcasmo hacia el nuevo poeta a quien le fue adjudicado el mote de “loco”. El libro, por cierto, dejaba muy atrás las audacias formales del modernismo local y no es extraño que el mismo Lugones lo calificara de “abracadabrante”. En sus páginas, el adverbio inesperado se cita con el neologismo chocante, en una espiral creciente que combina, a la ya asimilada tradición decadentista heredada de Francia, el gesto de evidente provocación que juega con la interpretación desenfadada y el sentido oblicuo, casi secreto, de algunos poemas. Si bien su restringido sistema metafórico no reniega del ámbito modernista, manifiesta predilección por la imaginería algo tenebrosa y anticipa, algunas veces, el cruce sensorial que se afianzará con la importación del ultraísmo.

De escritura libre y pretendidamente espontánea, su dislocada conjunción no salvó el juicio crítico que Roberto Giusti, director de la revista Nosotros, efectuará dos años después al revisar las últimas producciones poéticas nacionales; décadas más tarde, sin embargo, la Dra. Nélida Salvador considera a su autor entre los precursores de la renovación vanguardista de los años 202, en consonancia con Manuel Gálvez, quien, en sus memorias, expresa un reconocimiento similar. Además de la introducción de un curioso desenfado en el plano local que poco después será reconocido como iniciador de la nueva sensibilidad, tal vez su gesto más renovador sea el de la provocación casi profesional que, dos lustros más tarde, será también bandera personal de su amigo Oliverio Girondo en pleno estallido martinfierrista. Pasajes de su primer libro, por cierto, parecen reformularse y tener eco en Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, publicado en 1922. Algunos de sus versos (“En tanto: en sus abrigos encerradas / las lindas modistitas / llevan por calorífero el deseo” bien podrían ser un fragmento obliterado del “Exvoto” dedicado por Girondo a las chicas de Flores; por su parte, “Sevillano”, fechado en 1920, retoma con indisimulado parecido el cruce entre religión y sexualidad6 ya presente en “Al aquelarre”. Aprovechando la visita que Darío hizo a la Argentina en 1911, Lascano Tegui publicó, pocos meses después de La sombra de la Empusa, un nuevo conjunto de poemas que tituló Blanco... y firmó con el seudónimo de “Rubén Darío (hijo)”. El libro, que reeditará al año siguiente con firma y título verdaderos, El árbol que canta, fue su calculada respuesta a la recepción calamitosa del poemario inicial y una venganza literaria que descubrió cuánto pesa, al momento de ser juzgado públicamente el valor de un texto, su marco de enunciación. Un nuevo jalón en la carrera provocadora del Vizconde, que el ecuatoriano Benjamín Carrión sintetizó en un visionario libro de ensayos.

¿Recordáis la historia de un libro, Blanco, por Rubén Darío (hijo)? De ello hace diez y nueve años, cuando la gloria del Rubén Darío de Azul se hallaba en su apogeo. Blanco apareció en París con un preludio lírico de Fernán Félix de Amador [...] y el cebo tentador del nombre del poeta: Rubén Darío, hijo, que escribía Blanco, después que su padre había escrito Azul... Los versos de Blanco están bien, hay en ellos “raza” dariana. Todo el mundo aceptó la cosa, y los augurios autorizados de que la sucesión del gran poeta de la lengua iba a quedar en familia, vinieron unos tras otros. Yo he visto el dossier que sobre la curiosa cuestión guarda Lascano Tegui. Artículos bien firmados elogiaban al hijo del maestro, que se mostraba digno de su excelso padre. Cartas de eminencias literarias de América, que alentaban al joven lirida (en ese tiempo se decía lirida) y que le rogaban transmitiera saludos a su papá... Parece que Darío protestó, no por la cuestión literaria ni porque considerara a este hijo indigno de su nombre, sino por las complicaciones domésticas y sentimentales que esta paternidad le traía. Un verdadero lío para el gran poeta.

Develada la superchería literaria del hijo de Rubén Darío10, la aparición del segundo libro de Lascano recibió una reseña inusualmente extensa de Álvaro Melián Lafinur en las páginas de Nosotros. Mucho más modernistas que La sombra de la Empusa (lo que equivale a decir menos iconoclastas y modernos), los versos de El árbol que canta siguen pareciendo oscuros al crítico, aunque en ellos admita descubrir el don de la poesía.

Bohemia en París

Residente en Montparnasse desde 1913, Lascano Tegui participaba con especial don de ubicuidad no sólo del esplendor cultural de París sino también de los debates y movimientos que atravesaban el ambiente literario porteño, en permanente visita física o postal. Así, por ejemplo, ofrece su opinión a la encuesta organizada por la revista Nosotros ante la consagración canónica del Martín Fierro que por ese entonces gestaban Ricardo Rojas y Leopoldo Lugones, y presenta en sociedad a Baldomero Fernández Moreno, de quien encomia su poesía sencilla y original. Y mientras ejerce el periodismo como corresponsal de varias publicaciones argentinas, desarrolla innumerables oficios antes de ingresar en el servicio diplomático: es decorador del salón de lectura que el diario La Nación abre en París en el número 3 de la rue Edouard III, vendedor de ropa vieja en el rastro, comisionista y exportador entre 1919 y 1922 y, entre otras curiosidades, ejerce como dentista y mecánico dental, profesión que, aparentemente, estudió en la École d’Odontologie de la Universidad de París entre 1917 y 1919. Unos de los puntos centrales de reunión de los artistas de Montparnasse entre los que hay que contar a Lascano, dedicado a la pintura14 y las letras en su departamento-taller del número 14 de la rue Boissonnade, la misma cuadra donde vivía el compositor López Buchardo fue, durante la segunda década del siglo, el Cafe de la Rotonde. Ubicado en la intersección del Boulevard de Montparnasse con el Boulevard Raspail, La Rotonde estaba dirigida desde 1911 por un afable caballero de enorme bigote, Victor Libion, quien no sólo acogía durante horas a los pintores, escritores y anarquistas que solían poblar sus salones por los diez céntimos de una única taza de café, sino que a veces, incluso, llegaba a ofrecerles un pequeño dinero sin retorno para que solucionaran sus problemas más inmediatos. Entre sus concurrentes más asiduos se podía encontrar junto al Vizconde a Pablo Picasso (sobre todo después de la muerte de Eva Godel, en 1915), Amedeo Modigliani, Jean Cocteau, Marie Vassilieff, Moisés Kisling, Kiki, André Salmon y otros. De Libion se conservan algunos retratos trazados por sus parroquianos y una sola fotografía, donde aparece sentado a una mesa dispuesta en la vereda de su local; lo acompañan una mujer no identificada, Campos, Mario Cádiz y Lascano Tegui. El barrio, nuevo núcleo de la comunidad artística de París, había ido desplazando lentamente la preferencia por Montmartre y, a mediados de los años veinte, su elección ya era masiva. El gran período de esplendor se inicia en 1918 y declina velozmente a partir del crack de Wall Street aunque, localmente, el punto de inflexión aparece con el suicidio del pintor Jules Pascin. De acuerdo con algunos testimonios, esta sección de París toleraba un estilo de vida más abierto y provocativo que era mal visto en otros lugares de la capital francesa; al mismo tiempo, se había mantenido un bajo índice de criminalidad en relación con el que presentaba Montmartre, atravesado por la prostitución. El deslumbramiento que, podemos imaginar, ocasionó en Lascano Tegui el contacto inicial con Montparnasse sea quizás la causa de un pie extravagante que adornó, algunos años más tarde, su primera columna en francés en el periódico local, Paris-Montparnasse. “De la naissance du monde”, breve artículo augural de abril de 1929 con el que comienza a historiar las anécdotas y personajes más curiosos del barrio, no solo cuenta con su firma ya reconocida, sino también con el agregado “Né au Quartier en 1908”. Una fecha de nacimiento que no condice con la edad pública del Vizconde y se convierte en gesto de nuevo despertar: menos nacido “en” que nacido “al” barrio, la declaración propone un punto de filiación voluntario. (Más tarde, en carta enviada a Lysandro Galtier, se despedirá: “Reciba mis saludos para Evar Méndez y Nora  Lange, muy especialmente. Y para usted los muy afectuosos de este expatriado voluntario y literario, hoy día escribidor franchute.” Siempre dispuesto a la tertulia amigable “La maison d’un artiste, comme son oeuvre, doit être un point de départ” declaró alguna vez, Lascano solía abrir las puertas de su hogar a no pocos compañeros de bohemia para agasajarlos con su espléndida cocina. Entusiasta gourmand, su pasión culinaria motivaba las visitas asiduas de Picasso y otros residentes en el barrio. Francisco Luis Bernárdez nos lega esta imagen del Vizconde en París:

Cuando lo conocí (que fue en La Rotonda, hacia fines de 1926), ya estaba el Vizconde firmemente avecindado en la capital francesa o, para decirlo con entera exactitud, en pleno Montparnasse, puesto que tenía su casa en la rue Boissonnade, callecita que, en las proximidades del café glorioso, une el boulevard Raspail con el que da nombre a todo el barrio. Constaba el cuchitril de un aposento y medio, espacio que resultaba todavía más chico a causa de la multitud de cachivaches que lo atestaban, material pacientemente recogido en el Mercado de las Pulgas (y en parte curioso, cuando no valioso) mucho antes de que su amigo Gómez de la Sierra  hiciese lo mismo en el Rastro madrileño. Codo a codo en aquella selva de baratijas, Marechal, el pintor Foujita, el Vizconde, su mujer (a quien llamábamos afectuosamente Lapin) y yo, dimos cuenta, cierta vez, de un arroz que no había sido hecho por los ángeles, no señor, sino por el propio dueño de casa, cuya reputación culinaria (reconocida por Picasso, Zadkine y otros ilustres cofrades del Vizconde) era tan firme como la que entre los argentinos entonces residentes en París (Oliverio Girondo, Ricardo Güiraldes, Rafael Crespo, Chicho Piñero, etc.) se había ganado como conocedor de los sitios donde lo que valía diez se podía comprar por cinco, y aun por menos si aquel taumaturgo intervenía personalmente en el trato.

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Circa 1927: Diego Roqué. Perteneciente a la ilustre familia santiaguera Roqué."Solar de Roqué".





Circa 1927: Diego (Dieguito) Roqué, perteneciente a la ilustre familia santiaguera Roqué. Se refiere que los terrenos donde hoy se emplaza el reparto "Tessie" pertenecieron a esta familia. La ciudadela o "solar" ubicado en la calle 17 entre 2 y 4 se le conoció durante mucho tiempo como el "Solar de Roqué", ya que esos terrenos pertenecieron a esa familia. Ignoramos el motivo de las condecoraciones.