lunes, 13 de noviembre de 2017

LAVADO ROQUÉ – ORDEN DE LOYOLA. El ejército de Güemes.


Luis Alberto Leoni Houssay, militar y catedrático de geopolítica, al analizar el ejército de Güemes, escribió un interesante artículo publicado en 1990. El autor comienza expresando 

Es creencia generalizada en el país que el éxito de la guerra gaucha, que tuvo por glorioso escenario la vasta región comprendida por la actual República de Bolivia (entonces Alto Perú) y el noroeste argentino, fundamentalmente la provincia de Salta (Jujuy, Orán, Salta, Tarija), se debió, exclusivamente a la valerosa y desordenada acción de montoneras gauchas las cuales, impulsadas por el ancestral amor al terruño y la lealtad incondicional a su caudillo, el general Martín Miguel de Güemes, pudieron derrotar al godo, en las diez invasiones habidas, entre 1810 a 1822, según afirmación de Ricardo Rojas. 

Tal percepción, si bien tiene mucho de cierto en cuanto al espíritu generoso y al sacrificio constante de los gauchos norteños, como a la presencia fundamental de su conductor, involucra también, otros términos, llámense el irrestricto apoyo de la población, la confianza absoluta del general San Martín, unidades de línea, etc., que ensalzan la hazaña cumplida, elevándola a la categoría trascendente de epopeya libertadora. Sin embargo, una lamentable ignorancia existente todavía en los ámbitos intelectuales argentinos –que decir de los americanos y europeos- sobre la esencia y materialización de aquella guerra de recursos, incluso en círculos profesionales, deja una frustrante sensación de impotencia, ante el descastado olvido de una de las más gloriosas empresas cívico militares de la historia grande de la americanidad. 

No hay duda que la razón de esa impasibilidad, o el simplemente superficial estado de ánimo para devenir en la conformación, cada vez más necesaria, de una filosofía de la historia nacional, se deba al abandono criminal de la exigencia de promover materias básicas de formación como son la historia, la geografía, la lengua, la religión y el civismo, o la exaltación del folklore autóctono, exagerando en demasía los tonos para atraer al turista, sin advertir el peligro de que la innovación, altere la raíz misma de su ser.

Grl Br (RO) Co.S.Int Don Carlos Gustavo Lavado Ruíz y Roqué Lascano Ph.D. Lazos familiares con el General Don "Martín Miguel de Güemes". i. ISAAC3 ROQUÉ GÜEMES, b. 1846, Córdoba, Córdoba, Argentina; d. 29 de marzo 1920, Córdoba, Córdoba, Argentina. 10. ii. ENRIQUETA ROQUÉ GÜEMES, b. 1847, Córdoba, Córdoba, Argentina. iii. CONSTANCIA ROQUÉ GÜEMES, b. 10 1849, Córdoba, Córdoba, Argentina; m. PABLO C BELISLE, 09 Jun 1892, Córdoba, Córdoba, Argentina; Matrimonio: Nuestra Señora del Pilar.



sábado, 28 de octubre de 2017

LAVADO ROQUÉ – ORDEN DE LOYOLA. "Linajes de la Gobernación del Tucuman - Los de Cordoba" de Arturo G Lascano Colodrero.

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 Bandera familia Lascano/Lazcano



Escudo familia Lascano


Arturo G. Lascano Colodrero en su obra "Linajes de la Gobernación. del Tucuman - Los de Cordoba" trata en su tomo 1ro. a los Alvarez, mientras que en su tomo III a los Ferrer. En la foto de 1940 los Cordeiro a pleno, en el centro cumpliendo 80 años Elvira Ferrer Guemes viuda de Abelardo Cordeiro Velar, en el extremo izquierdo de pie mi bisabuela - quien conocí- Angelica Cordeiro Ferrer de Alvarez Cordeiro, a su derecha Justina Cordeiro Ferrer viuda de Jorge Torres Castaños,a la derecha Mercedes Cordeiro Alvarez al lado de su esposo el Ingeniero Juan Carlos Cordeiro Ferrer, las dos mujeres de abajo "Nenuca" y "Chochó" Torres Cordeiro casada con Hector Casas Ocampo que esta sentado de bigotes, el niño mas pequeño es su hijo Hector Casas Ocampo (II) el único en la imagen que esta hoy vivo, a la derecha sentada mi madrina, y tía abuela Graciela "Chela" Alvarez Cordeiro (soltera), arriba a la derecha de pie mi tia bisabuela que conoci, vivio como 94 años Minerva Cordeiro Ferrer y su esposo Gomez Aguirre sin hijos. Al lado de la anciana, -casi de la misma edad- su hijastro Abelardo Cordeiro Arguello,- primo hermano de Leopoldo Lugones- viudo de Eduviges Sarmiento Viera, mis tatarabuelos por otro lado.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

LAVADO - ROQUE - ORDEN DE LOYOLA. José Ingenieros en “El hombre mediocre”, con su conocida lucidez nos dice:..


“No sólo se adula a reyes y poderosos; también se adula al pueblo. Hay miserables afanes de popularidad, más denigrantes que el servilismo. Para obtener el favor cuantitativo de las turbas, puede mentírseles bajas alabanzas disfrazadas de ideal; más cobardes porque se dirigen a plebes que no saben descubrir el embuste. 

Halagar a los ignorantes y merecer su aplauso, hablándoles sin cesar de sus derechos, jamás de sus deberes, es el postrer renunciamiento a la propia dignidad.” 

* José Ingenieros fue un médico, psiquiatra, psicólogo, criminólogo, farmacéutico, sociólogo, filósofo, masón, teósofo escritor y docente ítaloargentino.



martes, 26 de septiembre de 2017

LAVADO ROQUE - ORDEN DE LOYOLA. 26-09- 1774 – Nacimiento de Ascensio Padilla.




S.E. Don Carlos María Padilla Roqué
S.E. Doña Alicia Nelson Padilla Roqué de Zurueta
S.E. Doña Justa Roqué de Padilla
S.E. Dr Don Carlos Lascano Padilla 


26-09- 1774 – Nacimiento de Ascensio Padilla: Nace en Chayanta, hoy Bolivia, Manuel Ascencio Padilla, militar altoperuano al servicio de las fuerzas patriotas en la lucha por la independencia. Esposo de la heroína criolla Cnel. Juana Azurduy. Manuel Ascencio Padilla nació en Chipirina, Chayanta, Virreinato del Perú. Era el hijo de un hacendado local y vivió en el campo casi toda su juventud. 

Se enroló en el ejército siendo muy joven, participando en la represión y ajusticiamiento de Dámaso Catari, sucesor de Túpac Amaru en el La Paz. 

Estudió derecho en la Universidad Mayor, Real y Pontificia de San Francisco Xavier de Chuquisaca, pero abandonó sus estudios para casarse con Juana Azurduy en 1805. Al estallar la revolución del 25 de mayo de 1809 en Chuquisaca, se unió a la misma; tras ser derrotada, huyó a ocultarse en las aldeas de indios de la sierra. 

En septiembre de 1810, la ciudad de Cochabamba se plegó a la Revolución de Mayo y reconoció a la Primera Junta de Buenos Aires. Padilla fue nombrado comandante civil y militar de una amplia zona intermedia entre Chuquisaca, Cochabamba y Santa Cruz de la Sierra, con centro en La Laguna. Desde allí apoyó con sus 2000 guerrilleros indios la campaña de Esteban Arce, que logró la victoria de Aroma. 

Alojó en sus haciendas al Ejército del Norte y apoyó la política de sus jefes, especialmente de Juan José Castelli. Después de la batalla de Huaqui, sus bienes fueron incautados y su esposa cayó presa. 

Padilla logró rescatarla, por lo que pasó con sus hijos al campamento móvil de su esposo. El general vencedor, José Manuel de Goyeneche, ofreció a Padilla un empleo público y el indulto para que se pasase a los realistas, pero se negó. Si bien logró una victoria en el pueblo de Pintatora, luego fue derrotado en Tacobamba. 

Se retiró hacia el sur y se unió al éxodo jujeño, a órdenes del Dr. Manuel Belgrano. Participó de las batallas de Tucumán y Salta. Regresó al Alto Perú a mediados de 1813 y logró reunir un enorme contingente de casi diez mil hombres. Este grupo de indígenas rebeldes fue llamado por Bartolomé Mitre la Republiqueta de La Laguna. Sin embargo, Belgrano los utilizó como guías y como transporte de cañones a través de las montañas. 

Aún después de su primera derrota, sólo aceptó la colaboración marginal del batallón de “Leales”, bajo el mando de Juana Azurduy, en la batalla de Ayohuma. Reconociendo su error, posteriormente el general la condecoró regalándole su espada. Mientras el Ejército se retiraba, los Padilla comenzaban una eficaz guerra de guerrillas contra los realistas, en la zona de Mojotoro, Yamparáez, Tarabuco, Tomina y La Laguna. Esta última villa se llama actualmente "Padilla" y un pueblo vecino, "Azurduy". 

Otros jefes, como Ignacio Warnes, Juan Antonio Álvarez de Arenales y Vicente Camargo, organizaron también guerrillas de resistencia. Tras varias semanas de lucha, los realistas secuestraron a los cuatro hijos de los Padilla y mataron a los dos varones. A continuación usaron a las niñas como señuelo para atrapar al caudillo. 

La respuesta de Padilla y su esposa, seguidos por algunos soldados, fue atacar furiosa y ciegamente a sus enemigos, consiguiendo matarlos y rescatar a las niñas, pese a que murieron días más tarde. A partir de ese momento, se convirtió en uno de los caudillos más violentos del Alto Perú, lo que lo llevó incluso a enfrentamientos con caudillos como Umaña. 

Durante la tercera expedición al Alto Perú, tomó la ciudad de Chuquisaca, pero el general Rondeau nombró gobernador de la misma a Martín Rodríguez. Como Belgrano, Rondeau se negó a emplear la ayuda ofrecida por Padilla. Pero cuando fue derrotado en la batalla de Sipe-Sipe le ordenó cubrir su retirada y sostenerse en Chuquisaca. 

"Estaré de regreso sin que pase mucho tiempo". En una enérgica y conocida carta de respuesta a Rondeau, Padilla respondió: "Lo haré como he acostumbrado hacerlo en más de 5 años por amor a la Independencia...el enemigo no tendrá un solo momento de quietud " Pero también reprochaba violentamente el desprecio con que el Ejército había tratado a los altoperuanos, privándolos de armas y soldados. 

Padilla cumpliría sus promesas hasta la muerte; Rondeau y su ejército no podrían cumplir la suya. La guerra continuó sin cuartel, pero los patriotas iban siendo vencidos uno a uno: de acuerdo al historiador argentino Bartolomé Mitre, de más de cien caudillos que lucharon contra los realistas, al final de la guerra sólo quedaban 9 con vida. En mayo de 1816 caía el coronel Camargo en Cinti, y fue de inmediato degollado; la villa de Cinti se llama actualmente en su honor Camargo. Tras una serie de batallas menores, rodeadas por un enorme número de enemigos, las fuerzas de Padilla fueron vencidas en la batalla de La Laguna. El vencedor, coronel Aguilera, ordenó matar a los prisioneros, entre ellos Padilla. Su cabeza fue expuesta en la punta de una lanza en la plaza de La Laguna. 

El general Belgrano lo nombró coronel, sin saber que ya había muerto. Al enterarse, nombró teniente coronel a Juana Azurduy, que intentaba seguir sin su marido. Pero también Juana debió retirarse hacia el sur, refugiándose en la ciudad de Salta. Regresó a Chuquisaca en 1825, después de la derrota final realista, donde a fines de ese año la visitaron Simón Bolívar y Antonio José de Sucre. Moriría el 25 de mayo de 1863, acompañada por su única hija sobreviviente. La ciudad de Padilla, Bolivia fue nombrada en su honor.



domingo, 24 de septiembre de 2017

LAVADO ROQUE - ORDEN DE LOYOLA. Güemes y sus gauchos.


Sara Mata, en La guerra de Independencia en Salta. Güemes y sus gauchos, expresa que de las invasiones soportadas por Salta entre 1817 y 1821, la más peligrosa para el destino de la revolución fue la de José de La Serna en 1817. Su objetivo militar consistía en obligar a San Martín a abandonar Cuyo para auxiliar al Ejército estacionado en Tucumán, con lo cual el ejército realista que se encontraba en Chile cruzaría los Andes para unirse con el suyo, derrotar a las fuerzas militares porteñas y recuperar el virreinato del Río de la Plata. 

Dice Mata Mientras que La Serna se internaba en la provincia de Salta, José de San Martín emprendía el cruce de los Andes con destino a Chile. Comenzaban así a fallar las previsiones de los jefes realistas. Un mes después, el triunfo de San Martín en Chile, generó zozobra e incertidumbre. De todas maneras, debieron de haber evaluado la debilidad del ejército de Belgrano estacionado en Tucumán al no contar ya con la posibilidad de ser socorrido por el de San Martín y la importancia de sorprender y propinar una derrota que podría llegar a ser fundamental para recuperar al insurrecto virreinato del Río de la Plata. Estas consideraciones debieron de pesar en las disposiciones que el virrey Pezuela hiciera llegar a La Serna, ordenándole que si estaba en actitud y haciendo un esfuerzo como lo requería el caso, dispusiese un rápido movimiento con toda su fuerza sobre el Tucumán para deshacer la poca que tenía el General enemigo Belgrano, y se retirase después a su posición de Jujuy en observación de las conductas de los portugueses que se habían introducido hostilmente en Montevideo y Banda oriental del Río de la Plata y se creía que fuese en combinación con los de Buenos Aires y de mala fe, sin embargo de que al propio tiempo se estaban tratando los casamientos de nuestro Rey Fernando y el Infante Don Carlos con dos infantas Portuguesas. 

Pero avanzar hacia Tucumán resultó mucho más difícil de lo esperado. En la provincia de Salta una vez más, el control de la campaña quedó en manos de los gauchos y de Güemes, quienes impidieron el abastecimiento de la ciudad y de lastropas enemigas. A pesar de ello, una partida enemiga intentó llegar a Tucumán eligiendo para ello el camino menos frecuente ante la imposibilidad de hacerlo por el camino real de la frontera o a través del valle de Lerma dada la peligrosidad de las guerrillas gauchas. A sabiendas de que en el valle Calchaquí contaban con mayores adhesiones y que allí la insurrección no era tan generalizada, eligieron atravesarlo para bajar a Tucumán. Llegar hasta ese valle no resultó sencillo ya que para hacerlo debieron internarse varias leguas hacia el oeste por el valle de Lerma donde las milicias gauchas demostraron nuevamente su eficacia en hostigar a las partidas realistas. Acosados permanentemente, sin posibilidades de encontrar alimentos y diezmados, no se atrevieron a atravesar la quebrada de Escoipe, paso obligado hacia el valle Calchaquí. El retorno hasta Salta fue aún más fatigoso. Imposibilitados de avanzar, cuál era su intención y asediados en la ciudad de Salta, finalmente La Serna dispuso el retiro de sus tropas hacia el Alto Perú. 

La derrota sufrida por La Serna fortaleció aún más el liderazgo de Martín Miguel de Güemes, al demostrar la eficacia de las guerrillas gauchas para enfrentar al ejército realista. Las sucesivas invasiones realistas carecieron ya del sentido estratégico militar que alentaron a las anteriores de 1812, 1814 y 1817, limitándose a ser incursiones destinadas a proveerse de ganados y mulas. La guerra se transformó así en una guerra de recursos. 

Sintieron el peso de la misma los comerciantes y los hacendados de Salta. Los primeros porque no sólo vieron interrumpido el comercio con el Alto Perú sino porque también debieron realizar préstamos forzosos al Estado provincial para cubrir los gastos que demandaba el sostenimiento de los hombres movilizados y los segundos porque además de las confiscaciones de ganados se vieron privados del servicio personal y del pago de los arriendos de quienes se encontraban enrolados en las milicias. Facundo de Zuviría escribiría en 1818 que los hacendados ‘solo ven en los defensores de la patria, como en quienes la invaden, hombres que talan sus campos, destruyen sus frutos, arrean y consumen sus ganados y cargan sobre ellos inmensas contribuciones’. 

Mientras que la oposición de la elite al gobernador Güemes aumentaba y las conspiraciones en su contra involucraban incluso a sus capitanes y hombres de confianza, el temor que las invasiones realistas producían en el vecindario de Salta contribuía a preservarlo en el poder. Uno de los objetivos de Güemes era coordinar, como jefe de la Vanguardia del Ejército porteño, las acciones llevadas a cabo por las guerrillas altoperuanas. Era ésta también la aspiración de Manuel Belgrano, quien como general del Ejército Auxiliar del Perú confirmaba desde Tucumán los cargos militares de los insurgentes altoperuanos propuestos por Güemes. 

Tanto Martín Miguel de Güemes como Manuel Belgrano debieron aceptar la imposición de las jefaturas en las guerrillas admitiendo la imposibilidad de designar a sus jefes. Estas fuerzas irregulares trataron de todos modos de darse una estructura y organización militar. José Santos Vargas, tambor en la guerrilla de Ayopaya nos brinda en su diario relatos ilustrativos acerca de estos esfuerzos, de la manera en que elegían a sus jefes, de la participación indígena y de la importancia que tenía pertenecer al Ejército de Buenos Aires. 

Si bien el Ejército Auxiliar del Perú no retornó nuevamente a esos territorios, tanto Belgrano como Güemes abrigaron la esperanza de poder concretar una nueva expedición que fortaleciera en un movimiento de pinzas el avance de San Martín en el Perú. Las condiciones materiales del Ejercito Auxiliar acantonado en Tucumán y las limitaciones de Güemes para desplazarse hacia el Alto Perú, postergaron este proyecto. Güemes intentó, sin embargo, organizar acciones conjuntas con los jefes de la guerrilla de Ayopaya. En enero de 1821, los jefes realistas informaban al Ministro de Guerra acerca de los peligros que acechaban a la causa del Rey en el Alto Perú ‘No es Exmo., San Martín y sus satélites los únicos enemigos que tenemos. Son mayores y de más consideración los que por desgracia de esta guerra abundan ya en todas las capitales, pueblos y aún en las más pequeñas aldeas’. Luego de comentar cómo habían logrado abortar la sedición de tropas de la vanguardia realista que pretendían ‘asesinar al Comandante General, Jefes y Oficiales de la vanguardia y llamar después al caudillo Güemes que viniese a apoderarse del Alto Perú’, refiere acerca del complot destinado a contra revolucionar a Oruro, el cual fue descubierto por haber ‘sido interceptados en el despoblado de Atacama unos pliegos que el caudillo Chinchilla dirigía al de la misma clase Güemes’. El fin de este complot era, además de matar a todos los decididos por la causa del Rey y asaltar la Maestranza para proveerse de pólvora, fusiles y otros útiles de guerra, ‘llevarse la tropa y con ella engrosar la fuerte gavilla de Chinchilla y revolver las provincias de la Paz y Cochabamba y por consecuencia todo el distrito de Buenos Aires’. Frente a estas evidencias no duda en afirmar que ‘el plan de los enemigos es combinado y general’. 

La importancia de Martín Miguel de Güemes en la Guerra de Independencia que se libraba en territorio alto peruano incluyendo a Salta y Jujuy se evidencia en el tratamiento que le da Joaquín de la Pezuela, a la sazón virrey del Perú. En octubre de ese año siguiendo la Real Orden del 11 de abril de 1820 nombró Comisionados para que traten y conferencien con las autoridades de las citadas provincias del Río de la Plata’, con el fin de tratar el reconocimiento de la Constitución española. Entre las instrucciones que les entrega dispone sobre todotratarán de ganar por todos los medios posibles al Gefe de la Provincia de Salta D. Martin de Guemez pues la incorporación de este en nuestro sistema, acarrearía ventajas incalculables por su rango y por el gran influjo que ha adquirido sobre los pueblos de su mando. 

La crisis política que enfrentó a las provincias del ex virreinato con Buenos Aires en 1820 y la disolución del Ejército Auxiliar del Perú significó también, ante la inexistencia de un poder central, abandonar a su suerte a la provincia de Salta y a la insurgencia alto peruana que combatían a las fuerzas realistas, también ellas debilitadas. En ese contexto la oposición al gobierno de Martín Miguel de Güemes cobró impulso, expresa Sara Mata.

Grl Br (RO) Co.S.Int Don Carlos Gustavo Lavado Ruíz y Roqué Lascano Ph.D. Lazos familiares con el General Don "Martín Miguel de Güemes". i. ISAAC3 ROQUÉ GÜEMES, b. 1846, Córdoba, Córdoba, Argentina; d. 29 de marzo 1920, Córdoba, Córdoba, Argentina. 10. ii. ENRIQUETA ROQUÉ GÜEMES, b. 1847, Córdoba, Córdoba, Argentina. iii. CONSTANCIA ROQUÉ GÜEMES, b. 10 1849, Córdoba, Córdoba, Argentina; m. PABLO C BELISLE, 09 Jun 1892, Córdoba, Córdoba, Argentina; Matrimonio: Nuestra Señora del Pilar.


sábado, 16 de septiembre de 2017

LAVADO ROQUE - ORDEN DE LOYOLA, 14 DE SEPTIEMBRE DE 1816: MUERE MANUEL ASCENCIO PADILLA, EN LA BATALLA DE LA LAGUNA (ALTO PERÚ) MIENTRAS ESTABA BAJO EL MANDO DE BELGRANO.




S.E. Don Carlos María Padilla Roqué
S.E. Doña Alicia Nelson Padilla Roqué de Zurueta
S.E. Doña Justa Roqué de Padilla
S.E. Dr Don Carlos Lascano Padilla


14 de septiembre de 1816: muere Manuel Ascencio Padilla, en la batalla de La Laguna (Alto Perú) mientras estaba bajo el mando de Belgrano. 

Manuel Ascencio Padilla era el hijo de un hacendado local y vivió en el campo casi toda su juventud. Se enroló en el ejército siendo muy joven. 

Estudió derecho en la Universidad Mayor, Real y Pontificia de San Francisco Xavier de Chuquisaca, pero abandonó sus estudios para casarse con Juana Azurduy en 1805. En 1809, Padilla, en su calidad de alcalde pedáneo de San Miguel de Matamoros (o Mata Moros) se opuso a la remisión de víveres para el auxilio de las tropas que venían a sofocar el movimiento juntista que había estallado el 25 de mayo de ese año en la ciudad de Chuquisaca. Tras ser ésta derrotada, huyó a ocultarse en las aldeas de indios de la sierra. 

En septiembre de 1810, la ciudad de Cochabamba se plegó a la Revolución de Mayo y reconoció a la Primera Junta de Buenos Aires. Padilla fue nombrado comandante civil y militar de una amplia zona intermedia entre Chuquisaca, Cochabamba y Santa Cruz de la Sierra, con centro en La Laguna. Desde allí apoyó con sus 2000 guerrilleros indios la campaña de Esteban Arce, que logró la victoria de Aroma. 

Alojó en sus haciendas al Ejército del Norte y apoyó la política de sus jefes, especialmente del doctor Juan José Castelli. Después de la derrota que las fuerzas rioplatenses sufrieron en la batalla de Huaqui, sus bienes fueron incautados y su esposa cayó presa. Padilla logró rescatarla, por lo que pasó con sus hijos al campamento móvil de su esposo. El general vencedor, José Manuel de Goyeneche, ofreció a Padilla un empleo público y el indulto para que se pasase a los realistas, pero éste se negó. 

Si bien logró una victoria en el pueblo de Pintatora, luego fue derrotado en Tacobamba. Se retiró hacia el sur y se unió al Exodo Jujeño, a órdenes de Belgrano. Participó en las batallas de Tucumán y Salta, que fueron decisivas para la expulsión definitiva de los realistas de las provincias que actualmente integran el norte de Argentina. 

Padilla se reencontró con su esposa y su familia cuando los ejércitos patriotas bajo el mando de Belgrano entraron en Potosí, el 17 de mayo de 1813. A mediados de eses año logró reunir un enorme contingente de casi diez mil hombres. Este grupo de indígenas rebeldes fue llamado la Republiqueta de La Laguna. Sin embargo, Belgrano los utilizó como guías y como transporte de cañones a través de las montañas. Aún después de su primera derrota, sólo aceptó la colaboración marginal del batallón de “Leales”, bajo el mando de Juana Azurduy, en la batalla de Ayohuma, en que las tropas rioplatenses fueron derrotadas por los realistas. Reconociendo su error, posteriormente el general la condecoró regalándole su espada. Mientras el Ejército se retiraba, los Padilla comenzaban una eficaz guerra de guerrillas contra los realistas, en la zona de Mojotoro, Yamparáez, Tarabuco, Tomina y La Laguna. Esta última villa se llama actualmente "Padilla" y un pueblo vecino, "Azurduy". Otros jefes, como Ignacio Warnes, Juan Antonio Álvarez de Arenales y Vicente Camargo, organizaron también guerrillas de resistencia. 

Tras varias semanas de lucha, los realistas secuestraron a los cuatro hijos de los Padilla y mataron a los dos varones. A continuación usaron a las niñas como señuelo para atrapar al caudillo. La respuesta de Padilla y su esposa, seguidos por algunos soldados, fue atacar furiosa y ciegamente a sus enemigos, consiguiendo matarlos y rescatar a las niñas, pese a que murieron días más tarde. A partir de ese momento, se convirtió en uno de los caudillos más violentos del Alto Perú, lo que lo llevó incluso a enfrentamientos con caudillos como Umaña. 

Cuando en abril de 1815, el tercer ejército rioplatense al mando de José Rondeau se acercaba a las provincias altas, el brigadier Miguel Tacón y Rosique abandonó la persecución de Padilla y se dirigió contra Rondeau. Padilla, que seguía los movimientos del enemigo, aprovechó la ocasión para ocupar Chuquisaca. 

La guerra continuó sin cuartel, pero los patriotas iban siendo vencidos uno a uno. Tras una serie de batallas menores, rodeadas por un enorme número de enemigos, las fuerzas de Padilla fueron vencidas en la batalla de La Laguna. 

El vencedor, coronel Aguilera, ordenó matar a los prisioneros, entre ellos Padilla. Su cabeza fue expuesta en la punta de una lanza en la plaza de La Laguna. 

Belgrano lo nombró coronel, sin saber que ya había muerto. Al enterarse, nombró teniente coronel a Juana Azurduy, que intentaba seguir sin su marido. Pero también Juana debió retirarse hacia el sur, refugiándose en la ciudad de Salta.